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El Saladillo

El Municipio Chiquinquirá, por ser el más populoso de la ciudad, contaba con agrupaciones que se distinguían con distintos nombres, pero entre ellas la más famosa era El Saladillo, que estaba situada a espaldas del templo de San Juan de Dios, al que se agregó el de Chiquinquirá cuando se trasladó a él la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, renovada en la calle que luego tomó el nombre de El Milagro. La limitaba por el Sur la cañada de Morillo y se corría por el Norte incluyendo los cementerios conocidos como Camposanto Viejo, Cementerio de los Ingleses y el Nuevo Cementerio, al que después se le dio el nombre de Cuadrado. La fama de El Saladillo se la había dado el errado concepto que la mayoría de sus hombres daba al valor, ya que siempre lo aplicaban a la acción personal intervaronil, pues en sus riñas y disputas acometían resueltamente, sin miedo alguno, en pendencias escandalosas, porque ellos se consideraban de los que el pueblo distinguía con la frase "ése es de los de Venancio", haciendo alusión al valor temerario y, muchas veces cruel, del general Venancio Pulgar. Esto trajo como consecuencia que en el referido barrio los guapetones y perdonavidas se encontraban en todas partes y era peligroso transitar de noche por sus calles porque abusaban de las bebidas alcohólicas y todos llevaban consigo armas blancas que preferían por ser insonoras, usándose éstas en gran variedad (puñales, peinillas, dagas de uno o más filos, verduguillos, cuchillos afilados de carniceros y otras por el estilo), que siempre escondían en sus cuerpos. Cualquier gesto o palabra mal interpretada se recibía como ofensa y daba motivo a que los portadores de armas las sacaran a relucir, formándose seguidamente escándalos y riñas con saldo de muertos y heridos. Ese concepto del valor y el espíritu pendenciero parecía flotar en el ambiente, transmitiéndose, con pocas excepciones, a las mujeres y los niños; las primeras eran altaneras, desbocadas en el hablar; cuando reñían entre sí formaban grandes jaranas y se maltrataban sin piedad; había las que llamaban de troja, pues hacían en el patio de la casa una pequeña altura con horquetas y varas, de cuarenta o cincuenta centímetros, donde se subían para pelear con las vecinas a voz en cuello. Eran corrientes diálogos como éste: - Me boté a su casa y le dije de cuanto hay.', -¡Ni me lo digáis, cristiana! ¿Y te contestó? "'o --Me dijo que me acusaría con su marido al llegar para que se entendiera con el mío y yo le respondí: ¡ay, qué miedo!, estoy temblando como un machorro porque tu marido es de los que ve el ladrón cargando con un cerdo y le dice: "Mira, te lleváis la cochina porque no hay hombre en la casa". Entonces me lanzó una piedra y yo me le fui encima, la agarré por las greñas y caímos al suelo y Si no es que su cuñado se mete entre las dos le hubiera roto la boca en cuatro. Los niños, con el ejemplo constante, aprendían a ser fanfarrones; sus juegos consistían en luchas personales y, aunque fuesen temerosos por la edad, blasonaban de, valientes. . A las pulperías y comercios de venta de licores les daban nombres de acuerdo con la vida que se llevaba en el barrio y así se veían letreros como los siguientes: "Tiro Seguro", "Fuego y pa''dentro", "La Bala Perdida", "La Cañonera", "El Valiente", "El Escándalo", "Zafarrancho de Combate", "El Polvorín" y otros por el estilo. Esa vida continua de agresión y de defensa del individuo trajo la unión de fámulas y amigos para el ataque y la venganza, dándose principio a la formación de grupos que al encontrarse se atacaban en riñas tumultuarias, aumentándose los hechos de sangre en los días feriados. Entre tales agrupaciones se hizo célebre la que el pueblo distinguió con el nombre de los váquiros; éstos tenían por costumbre meterse en las casas donde había fiestecitas de bautizos, matrimonios, cumpleaños u onomásticos de sus habitantes y cuando el jefe de familia les reclamaba tal' actitud, sin ser amigos, ni invitados, iniciaban la pendencia, rompían a palos el alumbrado y hacían uso de sus armas, quedando como resultado de estos encuentros numerosos muertos y heridos. Tales hechos, que continuamente se repetían y obligaban a los hospitales a estar atentos para atender las víctimas, quedaban sin castigo porque la obscuridad favorecía la impunidad. El general Régulo Olivares llegó a Maracaibo nombrado presidente del Estado Zulia y fijó residencia en la casa llamada "El Murallón", a poca distancia de la Casa de Beneficencia, circunstancia que le permitió darse cuenta del crecido número de muertos y heridos que llegaban al citado hospital procedentes la mayor parte de El Saladillo, especialmente los sábados, domingos y otros días feriados. Hizo el propósito de acabar con ese desorden; solicitó y obtuvo la colaboración de un hombre de trabajo, herrero de oficio, conocedor de los sitios y personas del nombrado barrio de los escándalos y lo designó jefe civil del Municipio, con instrucciones de terminar tal vergüenza y, de modo especial, con el grupo de los váquiros. El jefe civil conocía quiénes eran en el Municipio "los de Venancio"; pidió se le aumentase la policía y personalmente recorría de noche los sitios más peligrosos y, preparándose para los próximos sábados y domingos, destacó dos de sus hombres de confianza para que indagaran dónde se efectuarían fiestas familiares y, también, los propósitos de las pandillas, las que casi siempre se filtraban. Uno de ellos mismos les dio noticias de que en una casa situada en el lugar denominado Los Tres Cujíes habría una fiestecita para celebrar el bautizo del primogénito; con esa información, el jefe civil preparó su plan y, llegado el sábado, día designado para la fiesta, esperó los acontecimientos, llevándose su piquete de guardias uniformados y la otra policía en traje corriente. La celebración se realizaba con todo orden, pero fueron presentándose como espectadores varios sujetos, manifestando deseos aparentes de ver la fiesta y se situaron cerca de las ventanas hasta el momento en que trataron de penetrar en la casa; como ya el jefe civil había rodeado la manzana, en el instante en que apagaron las luces ordenó a sus hombres una descarga al aire de las armas de fuego. En la confusión que produjo la sorpresa salían de la casa los provocadores, quienes no eran otros que los váquiros; se les redujo a prisión llevándoseles al cuartel de policía, del que salieron en vapor de guerra con destino a la capital de la República y, por orden del presidente Gómez, fueron enviados a las diferentes zonas en las que se estaban construyendo carreteras en el país, donde la disciplina militar y los castigos a que les sometían acabaron con sus humos de guapos. Los que quedaron en la ciudad por no haber estado en el grupo apresado, como eran los menos peligrosos, se sometieron a vigilancia, sacándoseles fuera de su centro de operaciones. Esta determinación proporcionó poco a poco la tranquilidad del barrio, a lo cual contribuyó mucho el crecimiento de la población, y la violencia se fue diluyendo con el tiempo, volviéndose a la vida normal. Uno de los últimos del grupo de los váquiros, en las postrimerías de su existencia, fue campanero y sacristán de uno de los templos de la ciudad; era un hombre bondadoso y pacífico; tal vez, el ambiente en que vivió lo hizo figurar en esas pandillas y al quedar apartado de ellas buscó y halló la paz de su vida espiritual en la casa de Dios, que le dio amparo.

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