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EL PROBLEMA DEL AGUA

La población de Maracaibo, aunque fundada a la orilla de un lago, por no ser su agua potable afrontó desde un principio la necesidad del precioso líquido, porque, rodeada de una llanura árida y seca, los ríos que hubieran podido cubrir esa necesidad quedaban a muchos kilómetros de distancia. El lago le servía con él agua salobre para baño y uso de limpieza y de proveerla a los habitantes se encargaban muchachos que la vendían de casa en casa, llevándola en burros, los cuales estaban provistos de árganas con dos cuévanos hechos con flejes gruesos donde descansaban dos botijuelas de barro cocido llenadas en las orillas del lago; para ello salían cantando a voz en cuello: "Llevo el agua de la playa, agua de la playa yo llevo"; este pregón se oía a todas horas del día en la ciudad. El ama de casa llamaba al aguador y le compraba la carga que valía medio real; los muchachos para descargar las botijuelas usaban un palo que sostenía la botija llena mientras le sacaban una de ellas; este servicio se hacía por una puerta que se llamaba puerta de agua y que muchas casas las tenían para ese fin. El agua de beber era el problema más importante; se aprovechaba la lluvia y se hacían canales especiales a los techos para que ésta corriera hasta un extremo en que se colocaba un tinajón. En principio se aprovechaban los envases del aceite de oliva importado de España; éstos eran de paredes gruesas y el interior vidriado, pero después se fabricaban en alfarerías caseras en las afueras de la ciudad. También se usaba tener un cuarto destinado a llenar toda clase de vasijas de vidrio, al cual se le daba el nombre de aljibe de cristal, en el que se aprovechaban garrafones y botellas de variadas clases que se llenaban de agua de lluvia y luego se tapaban herméticamente usándose su contenido hasta agotar la provisión, pero todos estos recursos se terminaban cuando llegaban los meses de sequía. Tratando de remediarlos se hicieron a las nuevas casas aljibes subterráneos y superficiales de bastante capacidad que alcanzaban para el consumo de la propia casa y el sobrante se vendía al precio de medio real cada botijuela. Uno de los muebles más necesarios en cada casa de habitación era el llamado aguaducho; consistía éste en una jaula rectangular hecha de madera fuerte y varillas redondas colocadas de un extremo a otro, cuyo lado frontal era la puerta; en la parte superior tenía fuertes soportes de madera destinados a colocar la piedra de destilar, que era una piedra natural muy porosa, labrada en forma cóncava para contener el precioso líquido y servía de filtro que gota a gota llenaba la tinaja colocada en la parte inferior; estos filtros pétreos se traían del oriente del país ya labrados y se adornaban con coronas gramíneas que crecían en los agujeros de las piedras; en el centro del mueble había un aparador que servía para contener vasos y alcarrazas con destino al servicio del aguaducho; completaba lo necesario a este mueble un pote de lata con su asa que servía para sacar el agua y depositarla en el envase correspondiente; regularmente este pote estaba protegido por puntas de hoja de lata en forma de lanzas pequeñas para evitar que se usara como envase de beber. En las calles centrales de la ciudad había personas que se ocupaban de cargar agua de las casas que tenían aljibe y la vendían a quienes la necesitaban; entre éstas hubo un negrito manumiso que había seguido sirviendo a la familia que lo criara; era un hombre de estatura corriente, delgado y enjuto, de color negro mate, de voz atiplada, de nombre Andrés Quintero y conocido en todo Maracaibo con el apodo de "Carne Frita". Este personaje había servido de burla a varias generaciones de muchachos; vestía siempre pantalón de dril, camisa blanca, limpia, sombrero de empleita y cotizas guaireñas; era apreciado en todas partes por su carácter servicial y honrado; en ese tiempo se ocupaba de cargar al hombro agua de aljibe en botijuelas y como su principal campo de acción era la calle Ciencias entre las de Urdaneta, Vargas y la plaza Baralt, tenía forzosamente que pasar con la carga por el frente de la Universidad, donde siempre había estudiantes a la puerta dispuestos a burlarse del pobre negrito y, aunque él se lanzaba al centro de la calle, le molestaban tanto que hasta le tiraban al suelo la botijuela llena de agua, con lo cual se enfurecía y los insultaba, pero aguardó la ocasión del desquite; ésta se le presentó en momentos en que el grupo estudiantil esperaba a la puerta del edificio de la Universidad a un nuevo rector nombrado; al salir de una casa vecina con su provisión de agua se metió dentro del grupo y les tiró la botijuela, que al caer al suelo roció a todos los presentes. Los estudiantes lo persiguieron con intención de castigarlo, pero él se metió en una casa del vecindario donde lo protegieron, porque Carne Frita era un mandadero apreciado, pues servía con eficiencia y honradez. Un abogado inteligente muy popular en la ciudad resolvió trasladarse con su familia a la capital de la República, estableciéndose en un lugar cercano a la plaza Bolívar, donde atendía a su clientela. Como es sabido, en los alrededores de la referida plaza Bolívar de Caracas hay siempre sablistas y pedigüeños que quieren vivir de los demás, y, al darse cuenta de que el abogado era zuliano y hombre caritativo, lo empezaron a visitar informándole que eran de Maracaibo y que como no conseguían trabajo en Caracas le pedían para completar el pasaje de regreso, a lo cual accedía el abogado, ayudándoles con dinero efectivo, pero a medida que pasaba el tiempo, el número de pedigüeños aumentaba y, pensando que lo estaban especulando, escribió a Maracaibo pidiendo le mandaran un retrato de Carne Frita. La petición fue atendida seguidamente y, recibida la fotografía, la colocó en su escritorio; no pasó mucho tiempo sin que le llegara el primer pedigüeño, repitiéndole que era de Maracaibo y le hablaba del lago, de la Virgen de Chiquinquirá y de la casa de Gobierno; el abogado lo oyó y al terminar le mostró el retrato y le preguntó: "¿Quién es ése?" El sablista miró el retrato contestándole que no lo sabía, a lo cual le dijo el abogado: "Vayase y no vuelva más por aquí, porque el que no conozca a ese sujeto no es de Maracaibo". El sistema dio magníficos resultados; se corrió la voz entre los sablistas caraqueños y no volvieron a pedir para pasajes.

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