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El ferrocarril de Bella Vista.-

Don Andrés Espina fue un hombre de empresa; trató de realizar la idea de unir con una línea férrea los distritos Maracaibo y PeriJá, pero no pudo hacerlo porque no se posibilitó en su época el financiamiento por lo costoso del proyecto y contar solamente con el concurso de los particulares. Era la época del "Ilustre Americano", que favorecía todo propósito de dotar al país de líneas férreas, consiguiéndose un contrato para establecer una línea de ferrocarril de ocho kilómetros que uniera a Maracaibo con el aledaño nombrado hoy Bella Vista, donde la Municipalidad instalaría un nuevo matadero a la orilla del lago, en un sitio en que había una pequeña aldea formada por pescadores y trabajadores de las salinas, que se extendían hacia el Norte en una serie de pozos de salque llegaban hasta la laguna llamada Salina Rica. Los graneros, que eran pequeños depósitos de sal construidos de madera y techados de enea, empezaban cerca del sitio escogido para el matadero. Firmado el contrato entre el gobierno nacional y la empresa fundada con el nombre de ''Tranvías de Bella Vista'', estipulaba aquél, entre otras cosas, que a lo largo de la línea el Gobierno daba a la empresa una faja de cien metros cuadrados de terreno a ambas márgenes de la vía, quedando propiedad del Gobierno una faja intermedia de la misma superficie, precediéndose luego al tendido de los rieles, cuya ejecución fue encomendada a ingenieros y técnicos entre los que figuraba el doctor Hermócrates Parra, como uno de los principales. La línea fue tendida desde el principio de la calle Obispo Lazo, al Sur, hasta el sitio donde más tarde se construyó la actual plaza del Buen Maestro, con sus desvíos y un ramal que salía de la calle Obispo Lazo hacia el mercado principal destinado a llevar vagones con la carne beneficiada en el matadero. Para atraer concurrencia se estableció un circo de toros donde los aficionados presentaban en las tardes de los días feriados corridas de toros con los animales que se destinaban al matadero para ser beneficiados. El negocio fue próspero en el principio. La compañía vendía los terrenos a precios bajos y muchas veces los regalaba para fomentar la construcción de viviendas y la vía se fue poblando; se agregaba a esto la existencia de una región de las sabanas vecinas que llevaba el nombre de La Hoyada porque en ella se excavaban pozos profundos en cuyos fondos manaba agua dulce propia para beber y muchos habitantes tenían el negocio de la venta de esas aguas que se detallaba por latas, al precio de cinco céntimos de bolívar cada una, y era transportada a la ciudad en burros y carros tirados por muías. Varios de los dueños de estos pozos hicieron que la compañía del ferrocarril importara un vagón cisterna para llevar a Maracaibo agua para su venta, estableciéndose ésta en un sitio nombrado El Guarico, donde se detallaba el agua al vecindario. En ese mismo sitio de La Hoyada el gobierno del general Antonio Guzmán Blanco construyó un acueducto para el cual se hizo una gran hoya profunda, que todavía existe, hasta llegar al sitio donde manaba agua dulce; en el fondo de ella, bastante capaz, había un lugar destinado para el agua y otro donde se montaron compresores y bombas para impulsarla por una tubería hasta la ciudad; al principio resultó agua potable, pero luego, a causa de la fuerte extracción, volvióse salobre y el acueducto quedó sólo al servicio de jardines y uso de limpieza. Era cosa corriente en esa época que los campesinos que tenían su asiento en los alrededores del lago enviaran sus hijos a la ciudad en busca de trabajo; en una farmacia situada en las esquinas cortadas por las calles Obispo Lazo y Carabobo prestaba sus servicios un coriano que, teniendo una hermana establecida en las sierras de San Luis, en el Estado Falcón, recibió carta de ésta ofreciéndole enviarle su hijo mayor para que le enseñara a trabajar colocándolo en una casa comercial. El tío convino en recibirlo, y aprovechando que tenían un pariente trabajando en una goleta que hacía viajes a Maracaibo, la madre del joven lo entregó para que fuese conducido hasta su tío. La impresión del novel pasajero fue de miedo, pues como no había visto el mar, al llegar a bordo se mareó; la goleta rindió su viaje al puerto de destino pasada la medianoche y al atracar a los malecones el marino llevó al muchacho al principio de la calle Obispo Lazo indicándole que siguiera derecho hasta llegar a la torre de la catedral y, siguiendo una cuadra más en la misma dirección, hallaría la esquina donde estaba instalada la farmacia en que trabajaba su tío. El muchacho siguió las indicaciones del marino y cuando había avanzado dos cuadras vio con temor que del otro lado venía algo monstruoso, pues tenía un solo ojo, tan brillante, que alumbraba su paso; hacía un ruido semejante a bufidos de animal y botaba por los costados chorros que parecían espuma. Al ver aquello a esa hora de la madrugada en que estaba todo obscuro y las casas cerradas, pensó que fuera un enorme tigre distinto de los que se encontraban en la selva. Le entró gran miedo y, suponiendo que si llegaba adonde él estaba lo mataría para comérselo, retrocedió apresuradamente, pero como cada vez se le acercaba más aquello que él suponía una fiera resolvió cruzar al encontrar una esquina, para ver si el animal continuaba en dirección recta su camino, pero como era el tranvía de Bella Vista que venía cargado con la carne beneficiada en el matadero con destino al mercado principal, la máquina cruzó también en la esquina de la calle Comercio. El muchacho, al ver aquello, sintió que su miedo se convertía en espanto pues se convenció de que aquel animal lo perseguía, y, preso del pánico, salió en carrera tendida para ganar distancia; corrió tanto que cruzó varias calles sin darse cuenta; ya extenuado, se detuvo a descansar y, viendo que el animal no lo seguía, como no conocía la ciudad se perdió sin saber qué camino tomar. Una vez salido el sol, el marino fue a avisar al tío del joven que le había traído el muchacho, pero éste no había llegado a la farmacia, resolviendo salir a buscarlo. Luego de una búsqueda de horas fue hallado, hambriento, por los alrededores de Los Haticos. Al preguntarle el tío qué le había sucedido el muchacho le refirió lo acontecido y le dijo que le había dado pavor el pensar que aquel animal se lo comiera vivo. El ferrocarril de Bella Vista contribuyó a poblar el aledaño del mismo nombre, que era una sabana árida y seca; luego de varios años de servicio fue dañándose con el uso; las máquinas, faltas de protección, llegaron a constituir una amenaza para los pasajeros porque sus chimeneas botaban chispas encendidas que quemaban los vestidos. La empresa en decadencia fue vendida; de ferrocarril pasó a tranvía eléctrico, pero ya la era del transporte preso entre rieles empezaba a ser vencida por el transporte libre; el automóvil, creado por el avance de los tiempos, ocupó su lugar y el reinado de los caminos de hierro tocaba a su fin. Debemos un recuerdo a la memoria de Andrés Espina, el hombre de empresa que con suconstancia y esfuerzos puso los fundamentos de una de las avenidas más hermosas de la ciudad de Maracaibo.

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