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PLAZA BARALT

Amplia y soleada, la plaza Baralt de Maracaibo, que ha sido siempre como el centro espectacular de la ciudad, al Norte está interceptada en su amplitud por el templo colonial de San Francisco, más conocido con el nombre de El Convento por haber tenido su origen con la orden religiosa franciscana que se instaló en él; tiene el edificio una torre construida en los últimos años que no está de acuerdo con su estilo arquitectónico. Al frente de ella e inmediato al atrio del templo, un pedestal cuadrangular escalonado en su base sostiene la estatua modelada en bronce donde el ilustre historiador y eminente literato zuliano Rafael María Baralt se yergue de frente a la bahía que se extiende al Sur; se diría que su mirada está atenta al tránsito continuo de vehículos y personas que afluyen por las doce bocacalles que se asoman a la plaza, a las que se agregan los pasajeros de las naves que embarcan y desembarcan en los malecones del puerto, cuya mayoría tiene que atravesarla para llegar a su destino. Ha sido esa plaza el centro de manifestaciones diversas. Finalizando el siglo pasado la población se congregó en ella para asistir por primera vez a la ascensión al espacio de un hombre conducido por un globo aerostático de tela fuerte, protegido con cuerdas, al cual le servía de combustible aire caliente y humo del que lo proveía una estufa de material de alfarería construida en el suelo. Al tener la presión suficiente, le zafaban las amarras y el globo se levantaba llevando colgado en un trapecio a un hombre de nacionalidad húngara de apellido Ketil y, luego de subir unos cuantos miles de metros, se ocultó en las nubes, de donde salió al poco rato, yendo a caer con el globo en los alrededores de la ciudad, siendo recogido sano y salvo. Este espectáculo se repitió en el mismo sitio por dos veces más y, posteriormente, ya desaparecido Ketil de la ciudad, un cochero zuliano de nombre Carlos Luis Medina, quien fue ayudante del húngaro en la confección del globo, repitió en tres oportunidades consecutivas la hazaña de su patrón, aprovechando presentarlo como diversión en las fiestas de carnaval, una vez cayó al campo y dos al lago, de donde fue sacado por botes de remo sin haber sufrido inconvenientes en la caída. En esa misma época y a principios del presente siglo, la amplitud y concurrencia de esta plaza hicieron que fue ra destinada para divertir al pueblo en las fiestas de carnaval. Como principio de esos festejos era costumbre dar un paseo inaugural que se organizaba y salía de la referida plaza, donde lucían la gracia y belleza de las damas de la ciudad y donde concurría todo lo que fuera destinado al tránsito y transporte terrestre de la población: coches y carros de tracción animal, caballos de paseo y burros de carga. Gran cantidad de público asistía y presenciaba el desfile, que regularmente era presidido por el Jefe del Gobierno y el directorio del carnaval nombrado cada año.En la víspera y los tres días de las fiestas carnavalescas eran instalados juegos de cucañas, palos y cochinos ensebados, enmochilados y diversidad de Juegos, donde una cantidad de disfraces llamados viejos hacía las delicias del público. Por las noches se quemaban fuegos artificiales y se bailaba con bandas de músicos que tocaban hasta cerca de la medianoche. Ayudaban a estos festejos los bailes de la buena sociedad en los clubes que ocupaban edificios de dos pisos, donde nuestros músicos estrenaban valses compuestos por ellos, que luego eran cantados y silbados por el pueblo que los oía desde la plaza. La celebración del centenario del 19 de abril de 1810 hizo de la plaza Baralt el centro de los actos conmemorativos de las hermosas fiestas con que la ciudad se adhirió al acontecimiento. Tres días antes y después de la fecha centenaria, la ciudad, embanderada e iluminada, presentó una serie de actos preparados por una junta de festejos nombrada por el gobierno del Estado, culminando en la mañana los mismos con un tedeum al aire libre, en la plaza Barait, y una concurrencia desbordante; por la tarde, un paseo cívico alegórico organizado en la referida plaza, que recorrió las principales calles de la ciudad, donde la mujer zuliana prestó el concurso de su gracia y su belleza en hermosas carrozas que representaron la Colonia, la Libertad, la Gran Colombia, Venezuela, el Zulia, Maracaibo, el Progreso, la Navegación, la Industria, el Comercio, la Electricidad y la Agricultura. El paseo cruzó durante toda la tarde por las principales calles. Así, el aspecto de la procesión cívica en el centro de las calzadas, la muchedumbre presenciando el acto, crearon al mismo una visión de gloria inolvidable que dejó un recuerdo luminoso, igual al de la luz del alba de aquel día que celebraba el nacimiento de una nueva nación en el continente americano. Cuéntase que en una de las esquinas donde se cortan las calles Bolívar y Colón hubo una barbería cuyo dueño era un decidido partidario del general Venancio Pulgar, y estando un día afeitando a un cliente oyó que del lado de afuera del local discutían acaloradamente dos personas sobre el gobierno del expresado general Pulgar. Oído esto por el barbero, dejó a su cliente para entrar en la discu sión en defensa de su candidato, diciéndole al que llevaba la contraria que en Maracaibo no había hombre más grande ni valiente que Venancio Pulgar y si no que lo dijera ese que estaba en la estatua, quien fue su amigo al decir esto señalaba a Baralt levantando el brazo en forma violenta, y como todavía tenía en la mano la navaja de afeitar, tuvo la mala suerte de cortarle una oreja a un transeúnte que pasaba en el momento, por cuya razón fue conducido a la estación policial, donde se le aplicaron las debidas sanciones. Días después estaba en boca del pueblo la siguiente copla: Por la plaza de Baralt ya no se puede pasar porque cortan las orejas con navaja de afeitar.

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