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PLAZA Y TEMPLO DE SANTA ANA

Doña Inés del Basto, esposa de don Francisco Ortiz, era una de las damas más distinguidas venida directamente de Andalucía en los días iniciales de la colonia. Se estableció en el sitio que ocupa hoy el Hospital Central Antonio José Urquinaona y la iglesia de Santa Ana, donde fomentó un hato de ganado menor; para esa época la naciente ciudad de Maracaibo contaba solamente con las calles Nueva Zamora y las designadas después como Independencia y Bolívar, que llegaban hasta el lugar donde más tarde se construyó la iglesia dedicada a Santa Bárbara; allí estaba El Calvario, que era señal del límite de la población, de manera que el hato de doña Inés del Basto estaba en pleno campo, distante de la pequeña villa. Tenía doña Inés varios esclavos a su servicio y para atenderlos en sus enfermedades pidió y obtuvo el permiso de establecer una ermita dedicada a Nuestra Señora de Santa Ana y un hospital de seis camas. Hizo traer de España las imágenes de Santa Ana y San Agustín, un altar y varios cua dros grandes pintados al óleo, que todavía se conservan en dicho templo, y para la conmemoración de la Semana Santa un Santo Sepulcro con el Cristo yacente (éste se conserva en la Catedral de Maracaibo). Hasta fines del siglo pasado, los pasos correspondientes a la procesión del Viernes Santo salían del templo de Santa Ana hacia la catedral, donde quedaban hasta el domingo de Resurrección, en que eran devueltos al templo al cual pertenecían. Lo que antes fueran terrenos del hato de doña Inés del Basto tomó el nombre de plaza de Santa Ana; que conservó durante la colonia y los primeros tiempos de la república. Alrededor de esta plaza salían del templo de su nombre, en las conmemoraciones de Semana Santa, procesiones de flagelantes, que así se llamaban los penitentes que se azotaban de propia voluntad, lo que causaba revuelo en la población por la dureza a que se sometían. En ese mismo templo fue enterrado el brigadier Joaquín Primo de Rivera, gobernador de la provincia de Maracaibo en los años 1788 a 1796, muriendo en el último año citado. Dejó recuerdos de haber sido un gobernador recto y justiciero; inclinado al bien, favoreció a los pobres y necesitados, como correspondía a un miembro de familia distinguida de España; era ascendiente como tío abuelo del gobernador español Miguel Primo de Rivera,primer ministro del rey Alfonso XIII. En los tiempos que precedieron a la guerra de independencia sirvió esta iglesia como punto de reunión de la Escuela de Cristo, sociedad de patriotas que celebraba sus sesiones con el pretexto de prepararse como flagelantes para los días santos, las cuales se realizaban en fechas determinadas. En una de esas sesiones, los miembros asis tentes fueron apresados por el gobernante español en ejercicio debido a una traición de uno de los invitados; conmemorando este suceso en el centenario de la independencia, tocó al doctor Marcial Hernández el discurso de orden para descubrir una lápida; una vez terminado el acto regresó a su casa de habitación, sorprendiéndole un ataque al corazón que lo dejó sin vida a su llegada. El discurso sobre la Escuela de Cristo, como todos los de este notable orador y literato, y la noticia de su muerte repentina conmovieron profundamente la ciudad, que hizo de su entierro una sentida demostración de duelo público. En la celebración del centenario del nacimiento del general Rafael Urdaneta, los empleados de comercio de Maracaibo formaron una junta para contribuir con un monumento conmemorativo a ese homenaje y levantaron una columna estriada que corona un capitel de estilo gótico y sobre éste un busto de mujer representando la Libertad. Esta obra fue ejecutada por obreros nativos de la ciudad y desde entonces la llamada Columna de la Líbertad luce y seguirá luciendo en las esquinas que cortan las calles Carabobo y Federación (sus nombres antiguos), desafiando el tiempo como testimonio de durabilidad y resistencia de una obra hecha a mano por obreros del país. El gremio de médicos de la ciudad, deseando hacer una obra perdurable a la memoria de su maestro, el notable médico doctor Francisco Eugenio Bustamante, pidió y obtuvo de la Municipalidad de Maracaibo permiso para hacer un parque en el espacio libre que tenía a su frente el templo de Santa Ana, cuyo nombre llevaba, donde se colocaría un busto del eminente médico, procediéndose a ejecutar los trabajos necesarios. Una vez terminados, se puso el busto del maestro y el nombre de plaza de Santa Ana quedó convertido en plaza Bustamante, desde esa época. A la muerte del máximo poeta Udón A. Pérez, pueblo y gobierno del Estado Zulia dedicaron un monumento de bronce y mármol a su memoria; una vez terminado se dispuso colocarlo en el lado norte de la plaza Bustamante, donde estuvo los primeros tiempos. El monumento consistía en la efigie del poeta en la parte superior, en el centro un cóndor con las alas abiertas y al pie una mujer mostrando una lira con las cuerdas rotas, símbolo de la, muerte del cantor del lago. En ese tiempo era jardinero de la plaza un hombre de muy mal carácter a quien cualquier cosa enfurecía, y los muchachos del vecindario, conociendo esa genialidad de su carácter, le dieron el apodo de Perilla. Al ser visto en cualquier parte se lo gritaban desde lejos, obligándolo a desaparecer del sitio cuando había una concurrencia mayor de la acostumbrada, para evitar la burla de la muchachería; por esa razón no asistió a la inauguración del monumento a Udón Pérez, pero como al día siguiente tenía que atender al riego y limpieza de la plaza a su cargo, al llegar al monumento vio la lira con las cuerdas rotas, se encaró con el policía de punto que estaba presente y le dijo: "Mire la grosería de los muchachos de por aquí: ya le rompieron el tiplito al poeta".

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